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Lourdes Martínez Zabala, Consejera delegada del Grupo Faustino

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Lourdes Martínez, la reina del Gran Reserva de Rioja

viernes 21 de julio de 2017
Lourdes Martínez Zabala, Consejera delegada del Grupo FaustinoLourdes Martínez Zabala, Consejera delegada del Grupo FaustinoLourdes Martínez Zabala, Consejera delegada del Grupo Faustino

Entrevista a Lourdes Martínez, Consejera delegada del Grupo Faustino, publicada en la revista Sobremesa. La entrevista también podéis encontrarla aquí: sobremesa.es/

Pertenece a la cuarta generación de esta empresa bodeguera familiar que celebra su 156º aniversario, una historia que comenzó con su bisabuelo y continúa con nuevos bríos en clave femenina.

La historia de la casa comienza a mediados del siglo XIX cuando el bisabuelo, Eleuterio Faustino, un comerciante de paños que tenía también ganado, cereal y viñas, compra las tierras y el palacio del Marqués del Puerto en Oyón, Rioja Alavesa. “Le quisieron vender también el título, pero él no le dio importancia y no lo compró. Su gran apuesta fue el viñedo. Ésa es ahora nuestra casa familiar, donde nacieron mi padre y mi abuelo y el origen de toda la empresa”.

Ahora sois una de las grandes casas familiares españolas, con más de 700 hectáreas de viña en Rioja y varias “cabezas” en cuatro denominaciones de origen: Valcarlos en Navarra, Portia en Ribera del Duero, Leganza en La Mancha…

Somos una empresa familiar que hoy es grande porque hemos crecido y seguimos creciendo más de un 30% anual. Nuestro origen es Rioja Alavesa. Todos hemos nacido en Oyón y Faustino es la bodega madre, la que ha hecho posible todo lo que ha venido después y, además, la marca de gran reserva más vendida en el mundo.

¿Cuándo y cómo llegó “lo demás”?

Mi padre siempre decía que cuando tuviese dinero quería hacer la bodega de sus sueños, así que la segunda que hizo, después de Faustino, fue Campillo, así llamada porque el viñedo más grande que tuvo mi bisabuelo fue la Viña Campillo. Mi abuelo contaba el enorme disgusto que se llevó cuando fue asolada por la filoxera, pero era un hombre osado y tenía visión, no se arredró y fue a América a buscar vides que replantar y hasta aumentó la superficie, tras lo cual empezó a vender vino en pellejos y en tinas. Con la inauguración de nuestra segunda bodega en 1990, el nombre de la Viña Campillo se pudo recuperar. Mi padre soñó Campillo de una manera bastante visionaria e innovadora, no quería un pabellón “contenedor” para meter barricas, como tantos otros, sino que fuese un homenaje al vino: fue la primera apuesta por la arquitectura de vanguardia y el enoturismo que se hizo en Rioja, con la idea de mostrar a la gente el viñedo, cómo se hace el vino y nuestra forma de vida.

En su momento, Campillo supuso un concepto no tan “riojano clásico” como bordelés, al menos en su estética…
La manera “riojana clásica” se rompió cuando entraron los grupos financieros. Entonces se prostituyó lo que era Rioja. Nuestra forma de interpretar el viñedo no tiene nada que ver con la de un inversor que busca rentabilidad. Nosotros somos, sobre todo, agricultores y, después, bodegueros. Creemos que lo primero es el viñedo y desde que plantamos una viña hasta que sacamos el primer vino pueden pasar nueve años. Mirando el negocio puro y duro, no salen los números. Nuestro mensaje es pasional, romántico… Es cultura, es valor.

¿Qué lugar ocupa en vuestro corazón cada una de estas marcas riojanas? ¿Qué hace a cada una especial?

Faustino es nuestra marca por excelencia. Es el nombre de mi abuelo y ha demostrado que podemos ser grandes y, a la vez, hacer bien las cosas. No hacemos 100.000 botellas, sino 20 millones; no tenemos 2.000 barricas, sino 60.000. En Campillo quisimos hacer un vino distinto, más top y, quizás, más afrancesado porque usamos más roble francés y le damos más tiempo de guarda a los vinos: un crianza de Campillo es, realmente, un reserva. Al crecer nuestro viñedo, llegó Marqués de Vitoria: vinos más afrutados que van dirigidos a un público más joven. En cada bodega hay más de un enólogo, que sigue los principios de la casa, pero tiene su propia filosofía y su forma de hacer, aunque después se cata entre todos y Faustino sirve de “escuela” para otras bodegas.

Marqués de Vitoria salió con un tinto de maceración carbónica por el que se apostó mucho. ¿Por qué estos vinos que parecían ideales para comunicar no están teniendo el impacto que se esperaba?

¡El primer maceración carbónica fue el Viña Faustino que sacó mi padre a principios de los años 80! Hubo unas seis o siete añadas, no tuvo éxito y le tildaron de loco por “gastar vino de Rioja en estas cosas”. Lo volvimos a intentar con Marqués de Vitoria Original, un tinto espectacular, pero hemos visto que estos vinos no acaban de encajar aquí, quizás porque se venden jóvenes, van menos filtrados y pueden depositar, lo que no tiene por qué ser malo, si bien la gente no lo entiende.

Uno de los hitos de Faustino I es haber conseguido ser el gran reserva más vendido en el mundo. Hace diez años parecía que los G.R. eran vinos “viejunos”, en extinción. ¿Creéis que están ahora están recuperando su imagen y glamour?


Creemos en el gran reserva bien hecho. Es verdad que, en la última década y con la crisis económica, hay quien no ha podido actualizar las barricas y ha habido vinos que no salían y que se han vendido demasiado viejos. Nosotros somos los mayores exportadores de gran reserva, porque cuando se cayó el mercado nacional buscamos otros y hoy estamos en 109 países.

¿Ayuda en esta venta la imagen tan peculiar de vuestras botellas? ¿Las redecillas doradas?

Todo tiene su porqué. A las primeras botellas de Faustino I se les daba cemento con una brocha y el esmerilado de las de Faustino V era para que el vidrio fuese menos claro. No era una cuestión estética, sino para protegerlas de la luz cuando no había vinotecas de conservación en los restaurantes y las casas, ni tanta cultura acerca de cómo guardar el vino fuera de la bodega. Y la redecilla dorada de Faustino I se puso para proteger la etiqueta. Nos la hacían unas monjas y personas con síndrome de Down. Yo he puesto muchas cuando era joven y había que sacar algún pedido, las llamábamos “las mallas”. Creemos que son un plus y que hay que seguir con ellas porque forman parte de lo que es la marca. Hoy, las tendencias han cambiado y, seguramente, si hubiésemos diseñado esta etiqueta en la actualidad, no llevaría la imagen de Rembrandt. Pero fue un acierto porque hoy es la marca más icónica que hay en el mercado, aunque nos critiquen los diseñadores. En los restaurantes de moda de Madrid ahora es vintage.

Más curiosidades: ¿Por qué “Faustino”?

Cuando mi padre, que era hijo único y había estudiado enología, cogió las riendas de la bodega, había tres marcas: Viña Parrita era el gran reserva, Viña Campillo el reserva y Viña Santana el crianza. Todos eran nombres de viñas que había heredado, pero tuvo claro que había que salir a la exportación para crecer y pensó que aquellos nombres eran difíciles y no iban a tener fuerza, así que buscó uno que fuera fácil de pronunciar en varios idiomas y decidió que fuese Faustino en honor a su padre.

¿Mantenéis esa apuesta por el vino de finca que estuvo en vuestros orígenes?

Si eso va a llevar a un mayor control, estamos de acuerdo, pero tienen que estar las reglas muy bien establecidas y tenemos que tener claro qué es un vino de parcela y un vino de pago, que tienen que seguir siendo Rioja, pero llevando esas menciones.

¿Cuál es vuestra postura acerca de la separación de algunas bodegas de Rioja Alavesa?

Nosotros somos Rioja Alavesa, donde tenemos casi todo el viñedo con excepción de un poco en la Baja, pero somos defensores de la “gran Rioja”, una comarca natural que trascurre a lo largo de una amplia zona del río Ebro de la que también forman parte zonas de Álava y Navarra. En un entorno global, todos tenemos que hacer fuerza juntos porque cada vez hay más competidores. Separarnos no tiene ningún sentido.

Como colofón: una añada “perfecta” a día de hoy y un maridaje gastronómico emocionante.

¡Habría muchas posibilidades! Desde un cava brut, que también elaboramos, servido bien frío con un huevo frito porque es lo que mejor arrastra la grasa de la yema, hasta un Faustino I de 1964 con una liebre guisada o unas perdices. Es un vino que se puede llevar hasta el postre, siempre que no lleve frutas ácidas y, sobre todo, si lo tomamos en buena compañía.


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